Monday, May 24, 2010

NO MATTER WHAT

Por Gloria González Fernández

Eran los cincuentas y mis abuelos llegaban a la ciudad con nada más que un ramillete de hijos en los brazos. La familia de mi padre, de Jalisco, la de mi madre, de Durango.

Entonces Tijuana –generosa, - los acogió sin preguntas ni exigencias, les puso la mesa, tuvieron hambre y les dio de comer. Las historias de ambas familias terminaron y empezaron nuevamente cuando Tijuana les sugirió reinventarse y propició los encuentros.

Mis hermanos y yo nacimos en una ciudad de desbordante vitalidad, ruidoso crecimiento y natural vocación hacia la libertad. Sus calles son nuestra tierra; su joven historia, el hilo en el que entretejer nuestros recuerdos, algunos ciertos, otros exagerados por el tiempo y la nostalgia de unos días que aunque recientes, se desdibujan por el cambio vertiginoso de los últimos años en que Tijuana se convirtió en otra mujer.

Y digo mujer porque la ciudad nos da señales permanentes de su femineidad. Tijuana, la coqueta, la sonriente, la nocturna, la joven, la pretensiosa. Tijuana, la madre, la abuela, la tía, la pariente lejana que nos da su abrigo –no matter what-. Tijuana, la obrera, la trabajadora, la señora de la tienda, la empresaria, la estudiante, la doctora, la esposa, la vendedora de amor.

Reconocí mis verdaderos sentimientos hacia ella el día que me fui. Salí de aquí para buscar nuevas oportunidades y respirar otros aires y me descubrí de pronto suspirándole a los cerros áridos, a las playas frías, a los atardeceres anaranjados y a los tacos de carne asada de mi tierra, la mil veces vilipendiada, la pecadora confesa, la compleja y a veces terrible ciudad que nunca me ha dejado irme del todo.

Supe entonces que esté donde esté, Tijuana será siempre mi marca de nacimiento: la encuentro en mi acento, en mi apariencia, en el rock que me gusta oír, en el gusto por el trabajo que le heredé a mis padres, en la añoranza constante por la buena comida, en mi libertad para elegir, en el dolor que me produce la pobreza, en el tono directo, -golpeado dijeron algunos- que tienen siempre mis palabras, en el profundo amor por Alfredo que me hizo finalmente regresar.

Las mujeres de mi generación nos hemos enfrentado a varios retos. Durante los últimos veinte años el mundo ha cambiado abruptamente gracias a la tecnología, las comunicaciones, las modificaciones en los modelos familiares, los problemas económicos y la total incorporación de las mujeres al mundo laboral. A mí me ha tocado vivir este escenario en el que el desafío más importante es precisamente el esquema de cambio permanente en el centro de crisis, desigualdades, aguerridas competencias y una apatía social generalizada.

Los rasgos naturales de mi profesión obligan a la constante adaptación. Estudié comunicación y mercadotecnia y me he dedicado a ello con pasión y curiosidad. Comunicar es una tarea que requiere insumos y Tijuana los aporta sin codicia. Nuestra vecindad con California le da también particularidades a nuestro carácter, nos enfrenta diariamente a lo que somos, a lo que no somos, a lo deseable y a lo que no (por favor). Comunicar supone disposición al diálogo con lo distinto, tolerancia frente a la retroalimentación, empatía y ganas de platicar.

El cambio nos habita y en mi trabajo es imposible soslayarlo. Por eso, el reto para el futuro es también cambiar, pero hacerlo manteniendo como base la convicción primera, la congruencia, el listón que nos unirá siempre a lo que somos, a la historia de los que nos legaron, con su valentía para buscar tiempos mejores, un escenario nuevo de donde partir para volver a empezar.

El compromiso con el futuro es totalmente individual. Cada quien desde su lugar y su ánimo, desde el punto de apoyo de su propia palanca con la que luego se empuja –juntos- una comunidad.

Tijuana es todo lo que se ha hablado de ella y más. No es posible olvidar que su condición fronteriza ha multiplicado sus problemas, sus habitantes y sus intenciones. Yo sólo espero que no deje, -en medio de sus complicaciones-, de albergar hombres y mujeres de trabajo, de dar oportunidades y generar el clima exacto para la libertad creativa, para la convivencia social, el trabajo honesto, las vanguardias artísticas, la reflexión política y los besos furtivos o no, en una banca del parque Teniente Guerrero, en la mesa junto a la rockola del Dandy del Sur, o frente al rojo atardecer de las azules playas de Tijuana.

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