Monday, July 20, 2009

LA LUNA


Por Gloria González Fernández


Dice el poeta Jaime Sabines que la luna es el mejor estimulante para los condenados a muerte y para los condenados a vida. Dice Benedetti que cuando los amantes ricos la miraban satelizaba de lo lindo y se oía que la luna era un fenómeno cultural. Agustín Lara, por su parte, afirma orgulloso haber nacido con luna de plata y alma de pirata y le canta llamándola esfera de papel y pidiéndole comprensión cuando le canta: Piensa que tú en el olvido también has sufrido desdenes del sol.
Cuántos autores han dedicado versos, canciones, cuentos y novelas a la enigmática luna, esa que controla las mareas y los estados de ánimo de las mujeres; la luna, que como diría el escritor tijuanense Luis Humberto Crosthwaite, siempre será un amor difícil.
Esta semana se cumplieron 40 años del espectáculo mundial que representó el alunizaje del Apolo 11 en la superficie lunar. Millones de personas en todo el mundo fueron testigos desde su televisión en blanco y negro, en la sala de su casa, junto a hamburguesas y refrescos, pozole y agua de horchata, sushi y té verde, del momento en el que Armstrong pisó por primera vez la luna y acuñó la frase inmortal que seguramente planeó durante todo el trayecto espacial: un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad.
Y desde luego que lo fue.
Y aunque los escépticos siguen insistiendo en que el alunizaje fue un truco de cine filmado en Arizona, en el desierto sonorense de altar o incluso en el Pinacate aquí cerca de Puerto Peñasco, lo cierto es que esa imagen de la conquista de la luna nos ha acompañado los últimos 40 años y no le ha restado nada de su carácter poético a la rueda de queso. Los norteamericanos pudieron haber tenido razones políticas para arrebatarles a los rusos la primicia de la conquista lunar, pero ese hecho sigue conmoviendo a toda una generación para la que el alunizaje fue un hito desencadenador del posterior alarde del cambio tecnológico.
Estas 4 décadas han vivido una revolución inusitada en nuestros estilos de vida. Habiendo conquistado el espacio, pisado la luna, los terrestres nos sentimos capaces de nuevas conquistas. En estos años la computadora invadió los hogares, tal como lo predijo Bill Gates al referirse a los alcances de la era digital. Con ello, se modifican paulatinamente nuestros hábitos de consumo, nuestras formas de relacionarnos, de trabajar, de buscar información, de comunicarnos.
También en esos años, la biotecnología nos ha cambiado. Hoy es posible clonar, fertilizar in vitro, conocer el genoma humano. Por su parte las familias tienen hoy los más altos índices de divorcios, los menores índices de hijos por familia y la más alta participación de la mujer en la vida económica de los países.
Y qué me dicen de la política: en México la alternancia partidista llegó para quedarse, en Estados Unidos, después de años de discriminación un presidente negro gobierna con índices de popularidad insólitos, ahora ya, sin sus históricos enemigos rusos a quienes ha cambiado por extremistas musulmanes.
La luna, esa a la que José Alfredo Jimenez le pedía que saliera “pa que empiece nuestro amor”. La luna, la de las serenatas, la de los mitos, la diosa, cumple apenas 40 años de sentir nuestras huellas y hacerse cómplice de la vanidad humana que insiste en nuevas conquistas. Ya veremos.

120 años


Por Gloria González Fernández

Es posible que Tijuana a sus 120 años esté viviendo su adolescencia. Esa edad en la que todos alguna vez hemos estado al filo de definiciones, en medio de certezas que luego ya no lo son, sintiéndonos de buenas y de malas al mismo tiempo.
Esta semana nuestra ciudad alcanza sus 120 en medio de grandes contradicciones. Por un lado, las innegables inclinaciones al pecado de su carácter fronterizo: el tráfico de personas y de drogas, la inseguridad producto de éstas, la irregularidad de su crecimiento desbocado… en fin… Pero por otro, su vigor, su juventud que tiene ganas de todo y se arriesga, su generosidad con el que trabaja duro, su vocación artística y su aire de gran señora, de mujer seductora que nos hace tomar agua de la presa para que no nos vayamos más.
Tijuana llega a esta edad y la festeja junto a sus músicos y poetas, con sus empresarios y sus obreros, con sus migrantes y sus nativos, enfrentándose día a día en su colindancia con Estados Unidos, a la otredad, a lo otro, a la noción de lo que es propio y lo que es ajeno –tal como diría el sociólogo Jorge Bustamante-. Y lo hace con toda naturalidad. Porque los fronterizos lo sabemos como nadie: Tijuana es una región que también se define por su vecindad con San Diego.
Por eso hoy quiero hablarles no de los que llegan todos los días a poblar más la ciudad, sino de los que se han ido. Por distintos motivos, por supuesto. De los tijuanenses que han tenido que emigrar para estudiar, para trabajar, para huir, para buscar tranquilidad o para buscar más emociones, para ser músicos, deportistas, funcionarios, trotamundos.
Los que alguna vez nos fuimos reconocemos la tremenda nostalgia por los tacos de carne asada y las exageraciones en que incurrimos al describirlos, y recordamos ese gozo discreto, difícil de expresar públicamente, al ver sus cerros polvorientos desde el avión, o el infame tráfico de la entrada por la puerta México. También sabemos de los suspiros por sus atardeceres anaranjados, por su mar frio y contaminado y por las noches en el Dandy del Sur.
Recientemente, en su colindancia con San Diego, algunos tijuanenses han elegido al vecino como dormitorio porque tienen miedo o porque buscan mejores condiciones de vida. Y han impulsado allá, en Chula Vista, en Eastlake, en San Ysidro, una nueva comunidad tijuanense con un importante potencial de consumo, con educación técnica o profesional y con capacidad de trabajo. Este éxodo ha generado tijuanenses encerrados en el cuerpo de emigrados, que –vecinos y todo- no dejan de suspirarle a la ciudad en la que tienen sus negocios, sus casas rentadas, sus amigos, quiero decir, su tierra.
A sus 120 años, la púber Tijuana necesita compromisos. De sus gobernantes sí, pero también de sus comunidades y ciudadanos. Compromisos para hacerla otra vez viable, pacífica, creativa y generosa. Ojalá.
A sus 120 años, yo desearía que Tijuana, la joven, contemplara el regreso de los suyos y se sentara con ellos a comer unos taquitos, con mucho guacamole por favor.

Thursday, July 2, 2009

EXILIADOS EN TIJUANA


Por Gloria González Fernández.
Marta Palau, una de las artistas plásticas tijuanenses más importantes en el país y su hermana la escritora Teresa Palau son hijas de Antonia Bosch y del Dr. Francisco Palau, prócer de la medicina en España y luego en México, quienes llegaron a Tijuana en los 50’s.
Años después Marta Palau se casaría con el hijo de otro refugiado catalán, el poeta Ventura Gassol, quien desde el exilio en Francia fuera reconocido como uno de los primeros ministros de cultura en el mundo, y cuyo hijo el Dr. Alberto Gassol Galofré fue cobijado también por el calor del sol bajacaliforniano.
El Dr. Palau llegó a Tijuana por la curiosidad que despertó en él otro refugiado oriundo de Madrid, Don Angel Tejera, cuando le dijo que el mar de Tijuana era lo más parecido que había visto a la Costa Brava española. Este mar azul tijuanense lo acompañó durante los próximos cincuenta años.
Hace unos días se conmemoró el 70 aniversario de la llegada del buque Sinaia a México con el que arribaron las primeras oleadas de refugiados españoles a nuestro país. Se calcula que entre 1939 y 1942 llegaron unos 25 mil españoles que huían del terror del régimen franquista y encontraron una vida nueva en la calidez de su nueva patria mexicana. Las estimaciones que hizo después la historia consideran que aproximadamente una cuarta parte de estos conformaron una inmigración intelectual que incluía científicos, maestros, médicos, etcétera y que años después hicieron una enorme aportación a la ciencia y la cultura mexicana.
En México esta élite ayudó a crear El Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica, y reforzó el cuerpo de profesores de la UNAM y del Instituto Politécnico Nacional, entre otras instituciones.
Sobre este tema se ha escrito mucho y son miles los testimonios recogidos en libros y documentales. Recientemente y a propósito de estos 70 años, ha sido amplio también el reconocimiento que se ha hecho al legado de estos hombres y mujeres que ahora son padres y abuelos de una nueva generación de mexicanos.
Tijuana, con su vocación ya conocida de madre adoptiva, acogió a un nutrido grupo de exiliados que fueron llegando poco a poco a instalarse en nuestra ciudad y en los que ahora podemos reconocer una contribución a la educación, la cultura, la ciencia y la economía.
Tal vez a usted le suenen conocidos los apellidos Tejera, Bargalló, Romigosa, Casaboch y Alberich. Posiblemente recuerde también a los empresarios y comerciantes de apellidos Asin, Celorio, Rosquillas, Sulaica, Zavala, Garduño, García, Fernández, Lopez Camacho, Clavel, o Yuliá, quienes han dejado un legado en sus hijos y nietos, hoy médicos, escritores, abogados, artistas, comerciantes.
El azul del mar, la vegetación y el clima mediterráneo fueron propicios a la añoranza por su tierra de los exiliados españoles que llegaron para alejarse de la guerra y sus horrores. Ellos escogieron Tijuana para hacer una patria nueva, refundar sus familias, hacer fortuna y aprovechar la nobleza de esta ciudad, que como entonces, sigue abrazando a los que llegan para reinventarse.